martes, 30 de agosto de 2011

402

La última noche que la vi, habíamos escapado de un maldito veneno.


Corrimos aún a sabiendas de que no habría vuelta atrás, un destiempo exacto podría hacernos
creer nuevamente en una situación que nos comprometía a ambas, pero por separado.


Sin despedirme, la dejé en la puerta de su departamento, pensando en el juego, pasándome rollos con la vida.
Agaché la cabeza, como si me hubiese sentido culpable, irremediablemente maltratada por antiguas salsas
de champiñones. Me sentía Ebria.


Al salir del lugar no veía más que Valparaíso, y no es que sea poca cosa, es sólo que esperaba una ciudad distinta,
una ciudad que no me invitara sospechar que todo lo que estaba apabullando con grandeza, se me vendría encima al pasar las semanas, pero por sobretodo los meses.


Recordé incesantemente la conversación que se había suscitado entre nuestros dos ejes convexos hacia proyecciones y futuros que escapaban los límites de la lógica, de los quehaceres cotidianos.
Ella casi siempre tiene la razón, por lo menos lo que respecta a mi decisiones.


Nuestra relación se ajusta a parámetros sin sentido, contradicciones irrefutables, adoptamos posturas letales frente a nuestros pasos por éstos días, transgredimos barreras narcóticas y perecederas con  un simple gesto de humildad. 


Puede que su boca no siempre piense todo lo que diga, aún así estoy prendada de ella. 
Razones no tengo, tampoco me importaría tenerlas.
Inventó leyes para mi, definiciones sin sentido, todo lo nuestro se basa en inmortalidad, a veces en alcohol, en conexiones llenas de eufonía, y sin quererlo esa noche la había amado, entre las sombras de recuerdos que solo ella y yo sabemos que existen.
La sinceridad por éstos días me conmueve, más aún la de ella.

Luego de dos horas, por lo que logro recapitular con certeza a éstas horas, llegué a mi casa cansada,
con la sensación de que todo había sido una extraña pesadilla, estaba sin aire, me tumbé bajo unas frazadas, una almohada que no era mía.
La luces de la calle entraban hasta el alma.
El sonido apagado de un aparato electrónico -que espero me roben algún día - me invitó a revivir palabras que alguna vez salieron de mi boca, inconsolables, con toques de eufemismo.

Me sentía culpable.
Ella me decía : soy un instrumento idiófono, esférico aveces, estoy compuesta de una parte hueca que entrega sonido al contacto con pequeños elementos percusivos, me sostiene un mango de madera y atrocidades...










1 comentario:

  1. Agaché la cabeza, como si me hubiese sentido culpable, irremediablemente maltratada por antiguas salsas de champiñones...

    eso!

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