domingo, 31 de julio de 2011

La Verdad

Existe un trozo de universo al descubierto esta noche, quiere permanecer junto a nosotros en una sesión
si len cio sa , compacta y armoniosa.
Podemos, si quieres, volver a casa. Está lloviendo.
No es que tenga miedo, es solo que no traje paraguas.

Ahora que lo pienso, tengo tu esencia rozando mis labios ( hasta puedo decir tu nombre)
aún me quedan tus canciones entrando como esferas en mi oído derecho ( el izquierdo funciona mal )
quedan restos de tu ropa en mi palabras, hechos, y también en algunas dudas (que ahora no quiero confesar)
aún tengo recuerdos, aún tengo días de Sol, aún tengo nubosidad parcial, un poco de campo
y unos cigarros sueltos antes de subir a un bus.

Mentí
Quizás por amor
Dañé
Quizás por mentir
Viví 
Quizás por morir
Lloré
Quizás por esperar
Volé
Quizás por sentir
Perdí
Quizás por ganar 
Gané
Quizás por entregar

Aún es un poco difícil decir qué nos está pasando
¿Qué nos está pasando?

jueves, 28 de julio de 2011

¿Escuchas los rayos de luces?

17 noviembre 2009, a la(s) 21:15


Las armonías revolotean como pájaros a través de los cristales, temprano por la mañana , veo por la puerta que abro despacio para no despertar a nadie, el cielo estrellado lleno de soles, planetas y cuerdas colgando de los anillos de saturno, aunque no logro comprender con total exactitud qué es lo que cuelga de los enormes anillos.
¿Serás tú? ¿Seré yo?
No te vayas por favor.
Expreses lo que digas. Escondas las imágenes auditivas que quieras.
Siéntate entre las manos que aguardan un reloj con tiempos infinitos.
Pasea entre los árboles y columpios triangulares que miran sin oler entre las hojas que caen al compás del viento y la lluvia.
Quédate un momento esperando entre las miradas que vienen y van en los pasillos grises y a veces salpicados de colores.
Grita en ese silencio ensordecedor que acoge cada una de mis palabras. Ambiguas razones para escribir bien, ambiguas razones para creer en lo cierto.
Escucha el sonido del agua atravesando los focos de luz al final de la pileta donde arrojas las monedas.
Sueña el deseo que pediste en ella, en tus sueños querido, sí, aquellos que le confiaste a la moneda.
Respira sobre la vehemencia e ímpetu que ocasionas. Apágala en mí después de haberla ocasionado. Renácelo como relámpagos y truenos saliendo de las nubes en un brillante día de invierno.
Nubes que parecen arco iris de dos matices.
Manos que no quieren ser tacto, y ojos prosistas que no quieren mirar el planeta que le rodea.


Eres una muralla en plena guerra.
Eres una puerta cerrada en medio de la nada.
Eres una hoja al límite de ser quemada.
Eres un grano de arena entre el pasto que crece y el pasto que muere.
Eres un re menor entre puros soles, la y mi.
Eres epítetos alegres y decorosos entre las líneas del más difamador aviso.

Eres nada.
Igual que yo.
Pero distintos.

No existe concepción para definir qué es eso.
No encuentro razones para estar mal.
Ojala el hombre que alguna ves me susurró al oído que todo cambia y nada permanece, estuviera aquí. Escribiera junto a mí y me dijera que es lo que especula. Qué es lo que quiere demostrar.

martes, 26 de julio de 2011

Así habló


A ambos, de alguna manera, nos gusta profanar nuestros recuerdos.
Por razones que aún no quiero saber, siempre están sujetos a pequeños estados de ánimo.
Y es que siempre me hablaste en un tono gracioso y sincero, te creí, sin tentativa contraria, cada palabra que
al azar, y patentando un diálogo implacable que se agudizó con el correr de los años, salía
difusa, untuosa, mordaz incluso retórica y perfecta desde el amasijo de pensamientos
y músculos que hasta hoy habitan en tu cuerpo.

La pregunta es : ¿Comienzas?
La respuesta: No hay respuesta.

Se (re)produce una pausa, y generalmente comienzo yo, tendida, con el vaso en la mano.
Ahí es donde se produce el encuentro de dos mundos distantes y distintos.
El tuyo, el mío. 
Y bajo el consuelo de un cigarro que de a poco, entre las burlas, se consume , tu oído parece
ladararle al sonidos de mis palabras, expulsadas con desprecio y algo de aflicción por culpa de amores inconclusos 
a la deriva de la corriente de vientos ajenos y noches estrelladas, amores entusiastas
y fervorosos, culpables y de culto, obcecados, condescendientes. Pero también  algo de culpa de aquella cegera que tuve con los de antaño, esos que decían llamarse gente-amiga, deshonesta, pocoirreal. Con otra mesa
bajo un mantel de colores, otra ventana bajo el suelo verdoso.

Luego venías tu, traías tu piano de cola, siempre contigo. 

Espraba (siempre) con entusiasmo tu recuerdo dibujado, alguna pincelada de tu pasado - no es que me importara - si no más bien me era importante comprender como te construías - te veías inteligente y algo prudente (Por no decir sensato)
Tenías buenos cuentos, historias  y también libros (con extrañas metáforas)
Me impresionaba la forma en que dabas vuelta la página mientras me apoyaba en tu hombro, aveces me movía contigo, a veces simplemente el sueño me la ganaba y lograba dormir bien -  sufro (aún) de insomnio.

Sin embargo, dentro de todas las evocaciones  a lo que vivimos (si llegases a preguntarme algún día)
 lo único que ahora puedo recordar(te) es que hubo una noche, en específico, en que pusiste un disco que odiaba ( y lo sabías), llevabas puesta una camisa que odiaba - no por fea - si no por indecorosa ( estabas entendido de eso), 
tus lentes estaban rotos, nunca hiciste nada por arreglarlos, la forma en la que bebías del vaso me parecía poco
provechosa - siempre me evadías- ¿Por qué?. Tus zapatillas estaban peor que las mías, fumabas unos cigarros mentolados, caros, pero malos. Esa vez me contaste que la chica de los ojos verdes de la Obra te había besado (la frente) y tu , estúpidamente, le habías pagado el pasaje en el tren devuelta a casa, y como última gracia te esperaba afuera de la mía.
Ahora y sin más vueltas que darle al asunto aludido, el abrazo que me diste antes de irte fue en vano, no alcancé a sentirte ni a dimensionar la amarga sensación de saber que nunca te amé, quizás solo a tus historias y la comodidad que me producía sentirte por las noches de frío, aunque si somos sinceros, tenías bastantes frazadas en la cama.

Realmente eras puro recuerdo.

PERMISO, esto es un juego

Iba por mi cuarto cigarrillo.
Rápidamente lo saqué de la cajetilla, la cerré, la guardé en el bolsillo izquierdo de la chaqueta y él se apresuró – casi por inercia – a regalarme un poco del gas de su encendedor.

Y así comenzó mi noche, en una mesa bastante pequeña, con unos asientos bastante cómodos, con el vaso –extrañamente- cada vez más lleno, corrieron las horas junto a un tipo que me parecía agradable.
Me permití hacerle algunas preguntas.

23 años, residente en Valparaíso, escritor por naturaleza, ambiguo como cualquier otro, tesista de una carrera rentable en una universidad privada, fumador por excelencia, cinépata como yo misma, se deja el pelo corto de vez en cuando, trabaja en unas bodegas de noche, lee cómics hasta la madrugada, tiene un acento extraño – supongo que vivió en Santiago – toca guitarra – aunque no tiene – tampoco tiene Facebook, pero pasa horas en el computador bajando música. Incluso desde Taringa

Explicó que estaba en el local por qué su pieza es demasiado pequeña, necesitaba libertad.
Él me miraba sin reservas, no me hizo preguntas, supuso que nos conocíamos de antes.
Me permití acercar un poco más nuestros brazos – me encantaba sentirlo cada vez más cerca.
Me tomó por el cuello y entre susurros al oído me hablaba de la canción que sonaba en el Local.
(Si mal no lo recuerdo, era la versión Jazz de Purple Rain )
Me permití cantarle.
Sonrió.
-Echa más por favor, mañana no quiero echarte de menos – me dijo.
Me invadió un no sé qué.
Se permitió mezclar sus falanges entre el frío incontenible de mis dedos.
Pagamos las cervezas, el vodka, el pisco y posteriormente los After Eight.
Salimos, del local sin saber donde íbamos. Sin mirarnos aún detalladamente, me seguía el paso rápido que generalmente invade mis pies – sin mayor explicación a la frase anterior – tambaleante, llegamos a uno de los Cerros aledaños y nos sentamos en una de las piedras del mirador.

-Valparaíso es realmente grande- dije entre nos.
-Esta lleno de, no sé, tiene un narcótico extraño.
-Me hace divagar en sensaciones y vivencias que – seguramente- mañana al amanecer no recuerde, pero no importa.
 -¿Cuál es tu nombre?
-Andrés
-Me gusta
-¿Qué es esto?
-Un juego
-¿Estás jugando conmigo?
-Quizás, de eso se trata.
-Tienes razón…si quiero, ¿puedo irme y desistir?
-Adelante.



lunes, 4 de julio de 2011

Tiempos

Nueve razones para olvidar el reto de cruzar la cuerda floja, otra vez.
Ocho palabras que caben en la palma delirante de la mano que afloja frente a cada gesto de imperfección.
Siete alivios inconclusos que demuestras la veracidad de los hechos volátiles.
Seis avistamientos en piedras pequeñas que te llaman a creer al mejor, algo que hable con sinceridad y sin vejámenes.
Cinco son las letras del teclado que desenvuelven mis pensamientos incontables veces.
Cuatro son las paredes que absorben el miedo y la estabilidad de las sábanas.
Tres son los presentes que nos toca caminar en cada momento.
Dos son los ojos que dentro de toda su complejidad te hacen crear mundos e interpretar las verdades.
Uno es el sentido de la vida, tu tiempo y el de nadie más.

ESPERAnza...

 En varias ocasiones atrás, enigmáticamente y con la cabeza cubierta de ropajes voladores, me sentaba en el regazo de la Esperanza a contarle un parvo trazo de mis problemas.
Era más bien una consulta psicológica gratis, una indebida muestra de sinceridad de su parte, me abría los ojos descalzos de vez en cuando, y me enseñaba un poco de su dulce sabor a libertad descontrolada.
Sin embargo, cuando más la escuchaba, más temía de su veracidad mutilante y sarcástica.
Se rió a carcajadas de mí, muchas en incontables veces, me miraba el cuerpo entero y me preguntaba: ¿Estás segura?
Y mi respuesta siempre fue ambigua, volátil y muy poco convincente.
Suele pasar que estás repleto de incontables ideas, heterogéneos verbos lanzados al azar sobre una intemperie poco agraciada como suele ser lo cotidiano.
Una menjurje revuelto con drogas puede calmarte y también hacer de ti  un balde lleno de agua.
La esperanza puede hacerte fuerte, y también más débil y lánguido cada día.
Puede darte satisfacciones momentáneas con cada palabra o gesto en el que ella se retrata, pero también puede regalarte agrios conjuros de inestabilidad.
Es como sentirte en el limbo, ni aquí ni allá.
Per vamos,  a nadie le importa.

sábado, 2 de julio de 2011

CotiDIAno

Cada tarde tomaba un colectivo rumbo hacia tu cara, soslaya intrépidamente la posibilidad de volver al lugar del crimen,  como un asesino en serie, como una mano que arroja la primera piedra, como un pie que intenta dar pasos entre el fango verdoso ya, por la lluvia, y tal vez como una reja que se cierra con fuerza tratando de evitar el molesto ruido en un fin de semana por la noche.
Me subía con el corazón hecho añicos entre los pasajeros, saludando tímidamente al chofer, extendiendo la mano para regarle algo de mis monedas, sólo a veces alcanzaba a cubrir el valor del pasaje entero.
El viaje no era largo, en lo absoluto, un cuantas cuadras que con el pasar del tiempo y los años, se me hicieron infinitas y poco estables.
Siempre había algo nuevo que observan tras el vidrio sucio que me separaba de la calle y mi cabeza.
Siempre había un perro ladrándole a los transeúntes, cansado de estar tras unos cuantos fierros y de no poder salir a correr por ahí, como un perro. Esa es otra historia que no viene al caso.
Y de vez en cuando había filas de automóviles tocando sus bocinas frente a la posibilidad de apurar la causa y llegar más alígero a destino.
Existían ocasiones en donde el sueño me la ganaba, tupía un poco los oídos, les ponía algo de fermentación musical, y comenzaba a divagar, sin querer, sorteando mensajes y conversaciones que podrían darse, verbos que podían concretarse, entusiasmos que nunca se llevarían a cabo, me martirizaban, el dolor era agradable y agrio, en ocasiones con toques de tabaco añejo y cubano, pero no importaba.
Cerraba la puerta con exquisitez, en ocasiones pedía permiso para bajarme por el lado contrario de calle y así, no sufrir ningún atropello, ni una expiración poco decorosa.
Sentía las ojeadas por la espalda de los que quedaban en el vehículo mientras ya caminando en mi trayecto cotidiano, escudriñaba sin mirar, solo con el tacto, la cajetilla de cigarrillos que me gustaba humear en aquel entonces, luego el mechero, luego venía la primera calada de satisfacción, no sufría de tabaquismo en aquellos días, pero quizás ahora sí, supondré que de algo habrá que extinguirse algún día.
Las hojas verdes brotaban por todos lados, el viento se colaba violento entre mis ropas y me daba espasmos, escalofríos y un saludo de vitalidad.
Era siempre lo mismo.
Y yo con las palabras conjugadas en un parte de mi lengua llegaba a tu puerta, que de vez en cuando estaba abierta para mí.
Volvía al lugar del crimen cada tarde como a eso de las siete.
Nos envolvíamos en pasiones desmedidas, esas que solo dos saben que tienen estancias en la tierra.
Fluías energías, bailabas sin tapujos frente al universo, bebías sorbos de cadenas de una amor sangriento, cantando como siempre los treinta minutos en que se desenvolvía la canción, calmando las pasiones como violines susurrantes en mi oído.
Hasta que un día te aburriste, tomé mi ropa, y salí corriendo.

Estaciones

Divagaba en estaciones, Febrero, Junio, Septiembre, Agosto ¿cuántas estaciones puede tener este Metro?
Lo único importante aquí, era que avanzara lejos, sin tapujos ni engaños.
No tenía juicio acerca de mi decisión, ni tampoco me acomodaba el asiento, ni el pedazo de fierro del tresillo delantero que se asomaba entre mis pies miserables, había perdido la cuenta de las veces que traté de apoyarlos en aquel extraño objeto, cuya función no la entendía, tampoco intentaba hacerlo.
El tercer cigarrillo de insomnio se quemaba en mi boca, y el pastoso resto de humo se colaba entre el estor de colores y la ventana rota producto de la borrasca que la noche anterior había zurrado cada rincón de la ciudad.
Me entumía esa frescura que llega después de cada vendaval, incluso si éste realmente existe o no. Era la madrugada del jueves, y yo, sentía que esa música me carcomía la sesera, opté por desenchufar el tocadiscos que habías dejado dando vueltas hace unas horas, giro un par de veces hasta dejar brotar sonido alguno.
Silencio.
No podía dormir, fumaba, mirando la calle intranquila por los borrachos de siempre, observando a lo lejos la buhardilla de aquella muchacha que cada tarde pintaba desconsolada cuadros de Dalí.
Volví a recordar ese sucesivo golpeto de palabras que llegaban temerosas a mi cabeza, por supuesto lo que temía era quitarte el ropaje de libertad que tan bien te quedaba.
Me sentía inquietantemente maltratada aquella noche, abierta a una porosidad oscura, contagiosa y resuelta en un pequeño espacio que late, se encoge y se expande. Intenté, sin resultados, lanzarme vertiginosamente a una estampa  imborrable en mis memorias de aquellos días, imagenes de una consternación casi progresiva que buscaba neutralizarse con fugaces sonrisas y extrañas esperanzas.
Comunmente, luego de estos espacios-mentales, abría los ojos y venían ganas de vomitar.