Cada tarde tomaba un colectivo rumbo hacia tu cara, soslaya intrépidamente la posibilidad de volver al lugar del crimen, como un asesino en serie, como una mano que arroja la primera piedra, como un pie que intenta dar pasos entre el fango verdoso ya, por la lluvia, y tal vez como una reja que se cierra con fuerza tratando de evitar el molesto ruido en un fin de semana por la noche.
Me subía con el corazón hecho añicos entre los pasajeros, saludando tímidamente al chofer, extendiendo la mano para regarle algo de mis monedas, sólo a veces alcanzaba a cubrir el valor del pasaje entero.
El viaje no era largo, en lo absoluto, un cuantas cuadras que con el pasar del tiempo y los años, se me hicieron infinitas y poco estables.Siempre había algo nuevo que observan tras el vidrio sucio que me separaba de la calle y mi cabeza.
Siempre había un perro ladrándole a los transeúntes, cansado de estar tras unos cuantos fierros y de no poder salir a correr por ahí, como un perro. Esa es otra historia que no viene al caso.
Y de vez en cuando había filas de automóviles tocando sus bocinas frente a la posibilidad de apurar la causa y llegar más alígero a destino.
Existían ocasiones en donde el sueño me la ganaba, tupía un poco los oídos, les ponía algo de fermentación musical, y comenzaba a divagar, sin querer, sorteando mensajes y conversaciones que podrían darse, verbos que podían concretarse, entusiasmos que nunca se llevarían a cabo, me martirizaban, el dolor era agradable y agrio, en ocasiones con toques de tabaco añejo y cubano, pero no importaba.
Cerraba la puerta con exquisitez, en ocasiones pedía permiso para bajarme por el lado contrario de calle y así, no sufrir ningún atropello, ni una expiración poco decorosa.
Sentía las ojeadas por la espalda de los que quedaban en el vehículo mientras ya caminando en mi trayecto cotidiano, escudriñaba sin mirar, solo con el tacto, la cajetilla de cigarrillos que me gustaba humear en aquel entonces, luego el mechero, luego venía la primera calada de satisfacción, no sufría de tabaquismo en aquellos días, pero quizás ahora sí, supondré que de algo habrá que extinguirse algún día.
Las hojas verdes brotaban por todos lados, el viento se colaba violento entre mis ropas y me daba espasmos, escalofríos y un saludo de vitalidad.
Era siempre lo mismo.
Y yo con las palabras conjugadas en un parte de mi lengua llegaba a tu puerta, que de vez en cuando estaba abierta para mí.
Volvía al lugar del crimen cada tarde como a eso de las siete.
Nos envolvíamos en pasiones desmedidas, esas que solo dos saben que tienen estancias en la tierra.
Fluías energías, bailabas sin tapujos frente al universo, bebías sorbos de cadenas de una amor sangriento, cantando como siempre los treinta minutos en que se desenvolvía la canción, calmando las pasiones como violines susurrantes en mi oído.
Hasta que un día te aburriste, tomé mi ropa, y salí corriendo.
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