Había salido tantas veces como muchas otras.
Tenía una sensación de indigencia, de estrechez, una sensación que solo algunos conocen a estas alturas, se parece al frío pero es más colorido, se parece a olvidar la letra de una canción en medio de una de esas serenatas matutinas al comenzar la semana sometida a distancia dentro del tren del olvido.
No quería ver cortometrajes, no quería leer gramática, no quería ordenar más de lo que ya había ordenado, no quería prender inciensos, no quería recoger la ropa, no quería hablar con nadie ni que nadie me hablara.
El sol ya era escaso, pronto daría vida a un nuevo día en cualquier otra parte del mundo, y era tanto mi hastío sin fundamentos frente a cualquier cosa que se me parara en frente que preferí salir corriendo, tomé una polera vieja, café, roñosa y poco femenina y me embarqué en la búsqueda de algo que me gustara, alguien desconocido con quien conversar, alguien que no supiera quien soy, alguien que no quisiera conocerme.
Partí, como bien dije, lejos y sin saber dond iba.
Pero antes, un aviso de utilidad pública : Señor lector, si a usted este texto le parece aburrido y poco consistente le invito a cerrar esta página, abrir facebook o Twitter y seguir con sus efímeras andanzas al azar, lo que viene ahora no es más que un amasijo, un embrollo de confusiones y de letras de cosas sin sentido que me pasan cuando me subo a la bicicleta.
Sin más vuelta que darle, ya cuatro cuadras lejos de mi casa, me sentí en una libertad sin ardides, era ella y yo, yo y ella.
Bajé en el sexto cambio esa maldita calle que siempre me aprisiona las ganas de cerrar los ojos y comenzar de nuevo e inhalar el aire que en Quilpué se abriga.
Esquivé unos gatos, unos perros, una señora que salía de un negocio con bolsas de tela en sus manos, algo de pan, un poco de verduras (es lo que recuerdo) es que mañana es 11 <me gritó>
Cuarenta minutos de pedaleo, cuarenta minutos de esperanza, me tumbé con los pies vacíos bajo una palmera a la deriva de las líneas del tren.
Pasó una, dos, tres, cuatro veces prendí mi cigarro, vino la primera calada.
Divisé a un tipo a lo lejos, 30 años quizás, todo a su alrededor tan verde y el de Negro – pensé – no me di cuenta de que lo miré detenida y sospechosamente por al menos 15 segundos, hasta que se posó delante de mi bicicleta y me dijo - ¿para esto querías que corriera?
Sonreí, y apagué el cigarrillo con la zapatilla.
El rin del angelito estaba apunto de terminar, habían parejas besándose bajo otros árboles a unos metros de mí, otras hablando, no sé, quizás hasta discutiendo de por que ella había salido con el vecino la noche anterior o por que él ya no la llamaba por teléfono después del trabajo.
¿Qué tramamos?
Tejí espirales en el suelo, Belloto norte no lo conocía.
Aún existen casas de maderas, adornadas con amor y banderas chilenas.
Embauqué recuerdos olvidados, evoqué a un pueblo <Coltauco>que se apunta un poco más allá de Rancagua y en donde me obligaban a dormir siesta, pero nos dejaban jugar con los perros, y cruzar a jugar a la plaza, y subir al techo en la noche y estar con los gatos, levantarse temprano, recoger manzanas, bañarse en el río con caca de vaca.
Tiempos aquellos, nada importaba.
Armé un sin fin de cualidades bajo el pequeño hálito que salía de los automóviles, pasaban más rápido a mi lado, tuve la sensación de despojo, elevé mis inquietudes, no tenía la más remota idea de que arterias me esperaban más allá, que gente me esperaría entre la cortina que separa la calle de las casas, que tipo me gritaría alguna palabra sin ornamentos y llenas de impulsividad.
Me condescendí resolver mi fastidio, acertar la otra duda que me separaba de las respuestas aplazadas que antes de tomar mi bicicleta y salir sin la intención de rastrear mis propios gustos.
Descubrí gente.
Descubrí que aún se enseña a los pequeños a andar en bicicleta, descubrí que es mejor quien no te molesta, descubrí que aún hay calles de tierra, descubrí que en el fondo, lo que me tenía mal era no conocer la ciudad en donde vivo ahora, eso no me lo permito más.

Es sugerentemente explosivo el ahogo que se posa sobre un ente aburrido de todo (que sin embargo quisiera hacerlo todo otra vez) cuando se pone el sol.
ResponderEliminarEn lugar de bicicletas, también hay altos balcones para cambiar la rutina...