Los escritores -al igual que quienes padecen insomnio- [...] se sienten obsesivamente corroidos por [...] las oportunidades perdidas, tienen predisposición a darle mil vueltas a todo, son incapaces de dejar de pensar en algo que les ronde la cabeza..."
Por eso lo escriben.
Por eso la sensibilidad y el estallido de emociones queda plasmado aquí.
Probé suerte de nuevo. Nada. Perdida la cuenta de los intentos, volvimos a caminar. Sólo hay una cosa que lleve peor que quedarme sin tabaco y es quedarme sin fuego, dije. Sonrió.
Pensé mirando el cielo: cada ciudad tiene su hora, su minuto, segundo, su hora de la verdad. Aquí faltan quince segundos. En catorce se fundirá la bombilla de un pasillo, en trece estallará una risa, en doce el esperado sms llegará a un celular, en once caerá la última hoja de un árbol, en diez se abrirá la puerta del taxi o la micro, nueve y parpadeará un farol, ocho y un refrigerador cambiará de ruido, siete y suenan unas llaves al entrar en contacto con la puerta, seis y una moto acelera, cuatro y enmudece un intermitente, tres y naufraga el hielo en un vaso con cualquier liquido (el qué usted lector quiera imaginar), dos y se acaban las pilas de una radio. Uno, cambian en todos los barrios, todos los semáforos. Enciendo el mechero, a la primera. Primera calada.
¿Cómo estás? -pregunto-
Mejor de lo que estaré en unas semanas -responde-
De por ahí .-
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