sábado, 7 de mayo de 2011

Mayo

A algunas personas, extrañamente, les gusta arruinar sus recuerdos. Se trata de aquellos que cuando terminan una relación amorosa significativa, no satisfechos con el fin del vínculo, o quizás agobiados y culposos por la destrucción del mismo, añaden ofensa al agravio y ponen en duda todo su pasado. Incapaces de asumir la responsabilidad de su partida, depositan la carga en el ya dolido pecho de su ex amado. Como no saben cortar ni separarse, justifican su marcha invalidando la historia compartida. Confunden sinceridad con vejamen y claridad con desdén. En vez de simplemente decir adiós e irse, envalentonados declaran “nunca te he amado”. 

Dejar una relación no es fácil. Requiere de esfuerzo y decisión y, a la vez, produce mucho miedo y angustia. Pero el sufrimiento que genera ser dejado no tiene parangón. La persona abandonada siente que su mundo se derrumba, y que no sólo el amor, sino que todo en su vida parece haberse terminado: su autoestima, sus ganas, su risa, su tranquilidad, sus sueños, su futuro. No puede creer que lo hayan dejado de querer y menos que no sea posible volver atrás. Se aferra a cualquier cosa, y en este contexto, la palabra del ser amado obtiene un poder desmedido, de modo que lo que diga o deje de decir puede hundirlo en la depresión más profunda o devolverle la ilusión perdida. Un reproche o una crítica es vivida como un ataque destructivo; un saludo afectuoso es leído como una señal de esperanza. Involuntaria y súbitamente, el lenguaje del amante que ha partido adquiere atribuciones de la cual su portador no es consciente y que tienen tanto el potencial mortífero de un puñal afilado como el efecto calmante de un bálsamo. Demasiado peso e influencia para quien está provocando una ruptura. 

Señor o señorita, si usted ha dejado de amar a su pareja, o creció en la dirección opuesta, o se enamoró de otra persona, o siente el vínculo irrecuperablemente desgastado, o se aburrió de los conflictos de siempre, o el tedio se apoderó de su vida hasta envenenarla, o quiere darle un giro radical a su existencia y terminar la relación definitivamente sin darle más vueltas, bueno, váyase. Está en su derecho; es su amor, su vida, su relación. Pero a lo que no tiene derecho es a romper la autoestima y vaciar la memoria de quien fuera su media naranja por tanto tiempo. No sea rudo, ni hable de más, ni dé discursos interminables, ni trate de justificar lo injustificable, ni intente reinterpretar todo su pasado a partir de lo que siente hoy. No tiene sentido mirar con ojos de hoy sus deseos de entonces. Quizás la impaciencia y el deseo de hacer un corte tajante le impidan calibrar el profundo duelo en que ha quedado sumergida su contraparte y, menos aún, dimensionar el impacto que pueden tener sus palabras. 
Usted, que ha decidido partir, entienda que la memoria se va gastando con los años y es fácil, a la luz de nuevos acontecimientos, reinterpretar toda la historia pasada. La mirada que usted tiene de los hechos de antaño está influida por la experiencia habida desde entonces. Sus vivencias recientes y actuales la han modificado. Por eso, márchese de una vez; pero mida sus palabras y no se vaya de tesis. Puede resultar irreflexivamente cruel. Porque las palabras finales retumban en el recuerdo, no se olvidan nunca y pueden causar estragos. Si sólo se dejan los recuerdos ¿para qué destruirlos?´
 

1 comentario:

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